Cuando la amortiguación deja de ayudar:

El impacto silencioso en las caderas.

Hay algo que me ha venido haciendo ruido hace poco tiempo. Y empezó, curiosamente, por una molestia.

Hace poco compré unos tenis con placa de TPU. De esos que prometen más retorno de energía, más eficiencia y más velocidad. Y sí, se sienten rápidos. Se sienten fáciles. Como si el zapato hiciera parte del trabajo por ti.

Pero después de usarlos, empecé a notar algo.

Una molestia en la cadera.

Sutil al inicio. De esas que uno ignora porque no parecen importantes, pero que se quedan. Y cuando se quedan, el cuerpo empieza a hablar más claro.

Ahí fue donde empecé a cuestionarme.

Y también a observar más de cerca algo que vengo haciendo hace un tiempo: probar diferentes zapatillas, sentir cómo responde el cuerpo con cada una, sin cambiar nada más.

Cuando corres, el impacto no se elimina. El cuerpo no lo desaparece: lo absorbe y lo distribuye. Ese proceso ocurre en cadena: pie, tobillo, rodilla, cadera.

El pie es el primer punto de contacto con el suelo, y también el primer amortiguador del sistema. Está diseñado para adaptarse, reaccionar y absorber carga de forma activa. Pero cuando interponemos entre el pie y el suelo grandes cantidades de espuma, alturas elevadas o estructuras rígidas como una placa, la mecánica cambia.

El pie pierde rango de movimiento, pierde sensibilidad, pierde capacidad de adaptación. Y cuando el pie deja de absorber correctamente, la carga no desaparece. Solo cambia de lugar.

Sube. Pasa al tobillo, luego a la rodilla y termina llegando a la cadera.

La cadera no está diseñada para ser un amortiguador principal. Su función es generar fuerza, estabilizar el movimiento y transferir energía. Pero cuando empieza a recibir más carga de la que le corresponde de forma repetitiva, el sistema se desbalancea.

Y eso se manifiesta.

Puede aparecer como rigidez, como tensión acumulada o como una molestia difusa al correr o incluso al caminar. Muchas veces se interviene directamente la cadera, pero no siempre se mira hacia abajo, hacia el origen del problema.

En mi caso fue claro. No cambié mi volumen de entrenamiento. No cambié la intensidad. Lo único que cambió fueron los tenis. Y el cuerpo respondió.

No de forma inmediata o dramática, sino como esas señales sutiles que se acumulan con el tiempo.

Esto no significa que la amortiguación o las placas sean negativas en sí mismas. Tienen un propósito y pueden ser útiles en ciertos contextos. Pero también es importante entender que modifican la forma en que el cuerpo se mueve, cambian la distribución de las cargas y pueden disminuir la participación activa del pie.

Cuando el cuerpo participa menos, también pierde información.

El pie no solo está diseñado para sostener el cuerpo. Está diseñado para percibir. Esa información es clave para que el sistema funcione con precisión. Cuando se pierde esa conexión, el cuerpo compensa. Y compensar, sostenido en el tiempo, siempre tiene un costo.

Volver a sentir el suelo no es una tendencia. Es permitir que el cuerpo recupere una función que siempre ha tenido.

A veces creemos que más tecnología es igual a más protección. Pero no siempre es así.

A veces, más amortiguación solo significa más distancia entre el cuerpo y el suelo. Más distancia entre el movimiento y la información que lo guía.

Y en ese espacio es donde empiezan muchas de las compensaciones que después no entendemos.

Laura Ramos
Diseñadora con énfasis en producto
Universidad de los Andes
Functional foot course 
Máster en Podología Deportiva
Fundadora del programa Huella TN
Duatleta                                                                                                                                                                                                  

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